Globalización y género
Chusa
Lamarca Lapuente
"Ella para él y él para el
estado" decía Hobbes, uno de los padres del liberalismo político y económico.
Con esta frase, resumía el reparto de roles, la división sexual que durante
siglos ha separado el espacio privado del espacio público y que reflejaba la
subordinación de la mujer al varón y de ambos al Estado. Casi cuatro siglos
después, la globalización económica capitalista aporta un nuevo actor en este
reparto de funciones. El mercado irrumpe como principio articulador básico y
totalizador alrededor del cual giran las mujeres, los hombres y los propios
estados.
El mercado capitalista con su
nuevo patrón de acumulación mundial marca un nuevo orden de vida para todas
las personas. Los procesos de globalización no sólo afectan a las relaciones
internacionales, sino también a la vida cotidiana. Ya no es el Estado
totalizador, sino el mercado el que domina todo. Son los poderes económicos los
que van adquiriendo una mayor injerencia en las decisiones que afectan a la vida
de los seres humanos, mientras que el poder político pierde influencia. Hoy,
cuando se habla de economía globalizada, son precisamente las economías domésticas
las que no se sustentan. ¿Qué posibilidades de elegir tienen las mujeres en
las sociedades de mercado sino es elegir entre cinco marcas distintas de
detergente pertenecientes a la misma multinacional? ¿Qué poder político real
sino el de ser escaparates de un sistema que hoy demanda la igualdad y la
paridad como un ardid para legitimarse, y que así legitima su exclusión? ¿Cómo
darle la vuelta a ese calcetín viejo, agujereado y vacío que es la política
tradicional y hacer que la política retorne o torne de una vez por todas a los
asuntos verdaderamente importantes, a los intereses reales de las personas y de
las sociedades? ¿Cómo puede el mercado valorar con argumentos que no sean
estrictamente monetarios, un trabajo que produce bienes y servicios no
destinados a la venta, pero básicos y esenciales para que funcione el resto? Y
ahora que las mujeres han entrado en el ámbito público, ¿cómo se las apañará
el mercado para que los varones hagan el camino inverso y por fin asuman sus
responsabilidades dentro de la esfera doméstica?
A lo largo de la Historia, las
mujeres han desempeñado un papel fundamental en el desarrollo y mantenimiento
de los núcleos familiares, de las comunidades y de las sociedades, un papel que
nunca ha sido valorado, sino denigrado y minusvalorado y que permanece aún hoy
invisible, sin valor económico y social. Sin embargo, las familias, las
sociedades, los Estados, las empresas y la economía mundial están en deuda con
las mujeres.
A pesar de los logros en la lucha
de las mujeres, las reglas del juego siguen siendo masculinas y a esto se suma
que la globalización es en sí misma androcéntrica. Sus valores son la
competencia, el egoísmo, el individualismo, la compraventa, el beneficio por
encima de todo, la razón instrumental y la ausencia de ética. La globalización
obedece a la lógica de un solo género, induce a pensar, sentir y funcionar en
clave típicamente masculina.
Los hechos sociales se pueden
analizar desde una perspectiva feminista débil: ofrecer un enfoque general que
incluya la dimensión de género como mera parte integrante del conjunto, esto
es, como algo anecdótico, marginal, específico o particular; o se pueden
analizar desde una perspectiva feminista fuerte: partir del enfoque de género
como elemento estructurador de todo el conjunto, ya que el género, por afectar
transversalmente a todos y cada uno de los hechos sociales, debe ser una de las
claves esenciales para analizar el resto. Este segundo enfoque será el que
mueva estas páginas.
¿Qué
es la globalización?
Con la caída de las economías
planificadas del Este y la conversión de China a una economía de mercado, el
capitalismo parece haberse convertido hoy en el único sistema existente,
extendido a escala mundial. La globalización no es ni más ni menos que la
extensión del capitalismo a escala global.
La globalización es un proceso
con una doble vertiente: extensiva e intensiva; por un lado, abarcar
potencialmente todo el espacio físico planetario y por otro, afectar a todas
las áreas de la actividad humana. La globalización es, nos dicen sus acérrimos
defensores, la creación de un espacio mundial de intercambio económico,
productivo, financiero, político, ideológico y cultural, pero bajo la nueva
terminología se oculta la vieja aspiración del capital: la producción y el
crecimiento económico a costa de lo que sea. La globalización es, en realidad,
la expansión de las empresas capitalistas y la intensificación del poder económico.
Dominada por las grandes transnacionales y los mercados financieros, el único
objetivo de la globalización es la obtención de más y mayor beneficio económico.
Este globalitarismo pretende abarcar todos los territorios y ámbitos de relación
humana para integrarlos en el mercado y cimentarlos en relaciones monetarias.
Globalización y neoliberalismo no
son términos sinónimos, pero actualmente se produce una repetida concordancia
entre el fenómeno físico de la globalización y el fenómeno ideológico del
neoliberalismo. Gracias a la globalización parece como si hubiera triunfado un
único modelo económico e ideológico en el mundo, el modelo neoliberal. De
Norte a Sur y de Este a Oeste, el neoliberalismo se nos presenta hoy como un
nuevo y deseado paraíso a alcanzar cuya única receta para aspirar a él
consiste en reconducir todos nuestros quehaceres hacia la esfera de la más pura
y dura competitividad y cuyo único motor es la búsqueda del beneficio económico
y monetario. El capitalismo globalizante es una especie de rey Midas que
transforma todo lo que toca en mercancía.
Hoy al capitalismo se le han añadido
algunos adjetivos: imperialista, corporativo, transnacional o global, pero sus
bases son las mismas que las de antaño.
1.
Distintas perspectivas de la globalización: económica, financiera, tecnológica,
cultural, ambiental, ideológica...
El término "globalización"
hoy tan de moda, se aplica en múltiples sentidos. Por un lado, se utiliza para
reflejar la consideración del mundo como un gran hipermercado global en el cual
se producen, se adquieren y se comercializan productos en cualquier parte del
planeta. En este sentido se habla de globalización económica, esto es, un
aumento del comercio exterior que se ve favorecido por la apertura y
liberalización de los mercados y por el impacto de la actual revolución tecnológica
sobre las comunicaciones tanto físicas (transportes), como electrónicas
(información). Hay quienes afirman y con razón, que el aspecto clave de la
globalización, es la gran movilidad del capital financiero, la existencia de un
gran casino planetario donde diariamente y a la instantánea velocidad de la
luz, las redes electrónicas mueven e intercambian sin control miles de millones
de dólares. Este dinero circulante no tiene nada que ver con la producción y
la economía real, sino con la especulación y la economía virtual y, sin
embargo, condiciona la economía y la vida reales.
Sin embargo, la palabra
globalización no se usa sólo referida a la globalización económica o
financiera, sino que abarca muchos más aspectos. Se trata de un proceso que
parece integrar o englobar todas las actividades de nuestro planeta, tanto las
actividades económicas, como las actividades sociales, culturales, laborales,
tecnológicas, ambientales, etc. La globalización entraña una interdependencia
de las sociedades, parece como si las fronteras geográficas, materiales y
espaciales del planeta desaparecieran. Las redes de comunicación ponen en
relación e interdependencia a todos los países, culturas y sociedades, nuestro
mundo se habría convertido en una aldea homogeneizada y global y, sin embargo,
en esta gran aldea unos son los beneficiados y otros los perjudicados, el
planeta es una aldea desigual.
Como vemos, la palabra globalización
se ha convertido en un término comodín que se utiliza en todo tipo de
contextos, sin embargo, la globalización se entiende de manera engañosa si no
se vincula a procesos de dominación y apropiación.
2.
Instrumentos para llevar a cabo la globalización:
a.
Organismos internacionales: FMI, BM, OMC, G-7, Foro Económico Mundial, OCDE...
El papel de los grandes organismos
económicos internacionales es fundamental para la configuración del nuevo
orden mundial. El poder económico y político se centraliza desde las distintas
instituciones globales (FMI, BM, OMC, G-7, OCDE, Foro Económico de Davos..)
para exportar e imponer los modelos occidentales de desarrollo, de tecnología y
de expertos, al resto del mundo. Quizás parezca excesivo hablar de teorías
mundiales conspirativas, pero lo cierto es que la "mano invisible" del
mercado tiene un pulso muy firme y actores bien concretos. Obedece a los
dictados de las grandes instituciones económicas internacionales BM, FMI y OMC
y está gobernada por las agendas de las grandes transnacionales, con el beneplácito,
sometimiento y apoyo de los gobiernos nacionales. El "libre" comercio
es, de hecho, una reglamentación del comercio para aumentar las ventajas del
capital.
El FMI, el BM y la OMC se han
convertido en las autoridades centrales para efectuar las negociaciones
financieras y comerciales mundiales, ya que el mercado no opera en el vacío,
sino que se necesitan reglas para liberalizar el comercio y las finanzas,
privatizar los sectores públicos y otras esferas que antes quedaban al margen
del mercado, y para favorecer los procesos de transnacionalización del capital
para que éste no vea constreñido por los estados nacionales y por la
democracia. Las instituciones nacionales y supranacionales fueron así
reformadas e instrumentalizadas para ponerse al servicio del gran capital.
Tanto el FMI como el BM y la OMC
están al servicio del capital privado. El papel del BM, por ejemplo, no se
limita a conceder préstamos a los países "pobres" y "en
desarrollo", sino que impulsa a estos países a abrir sus economías
mediante la libre circulación de capitales y mercancías, reordena sus sistemas
productivos, aviva la exportación de recursos naturales y acentúa el
endeudamiento externo, lo que a su vez ocasiona más sobreexplotación de estos
recursos para hacer frente a la deuda. La deuda de los países del mal llamado
"Tercer Mundo" absorbe el 25% de sus ingresos por exportaciones. Por
su parte, las recetas del FMI son controlar la deuda y la inflación, privatizar
el patrimonio público y reducir los gastos sociales, lo que induce, igualmente,
a reducir el papel de los Estados y abrir las economías al mercado global para
que las transnacionales campen a sus anchas.
Las mujeres son las que se han
visto más negativamente afectadas por los programas de ajuste estructural
impuestos por el FMI y el BM. Estos programas y las políticas de
"desarrollo" han impuesto la austeridad fiscal que limita el gasto público.
La privatización de los servicios públicos ha conducido a la pérdida de
empleo en sectores donde generalmente había más mujeres que hombres: salud,
educación...; a la pérdida de protección y de servicios sociales, de los
cuales dependen las mujeres para combinar su trabajo con las responsabilidades
familiares; a una menor asistencia de las niñas a las escuelas; a un menor
acceso a los servicios de salud reproductiva, con un aumento de la desnutrición
y de la mortalidad infantil, especialmente de las niñas; a una cada vez mayor
tendencia al despido de mujeres por estar embarazadas, al abandono de los
derechos por maternidad y a un aumento de prácticas discriminatorias basadas en
el papel reproductivo de las mujeres; a la eliminación o reducción de
subvenciones sobre elementos básicos como alimentos, electricidad, agua o
combustibles lo que incrementa las presiones domésticas sobre los hogares,
administrados en su mayoría por mujeres; a la inmigración de mujeres de países
en desarrollo a países desarrollados, que se ven obligadas a abandonar a sus
familias y adoptar en los países "ricos" trabajos precarios, como
trabajadoras domésticas, subcontratadas o que incluso, se ven obligadas a
ejercer la prostitución; el impacto ambiental de la globalización y el uso
cada vez más frecuente de productos que han sido prohibidos en países
industrializados, como los pesticidas, tienen un efecto nocivo para millones de
trabajadoras agrícolas.
Las políticas fiscales promovidas
por los organismos internacionales aumentan los impuestos indirectos sobre el
valor agregado de bienes y servicios, es decir, repercuten sobre lo que pagan
las personas que consumen - precisamente las mujeres, ya que ellas siguen encargándose
de administrar la casa, el alimento y manutención de la familia- (esto está
justificado cuando se trata de bienes de lujo, pero no de bienes de primera
necesidad), mientras que se bajan los impuestos directos a las ganancias del
capital (capitalistas y varones).
Mientras que el BM invierte en
programas de salud y educación públicas, por otro lado anima a la privatización
de estos servicios en aras de la "eficiencia" económica. Esto conduce
a una reducción del acceso a estos servicios por parte de los sectores más
desfavorecidos, especialmente las mujeres. Además, el BM que sistemáticamente
había considerado a las mujeres como sujetos "pasivos" a la hora de
aplicar sus políticas, ahora les confiere un papel destacado y considera que la
contribución económica femenina es fundamental para el desarrollo: su
utilización como mano de obra barata aporta más beneficios al capital. Las
mujeres han sido siempre las más perjudicadas por este sistema global de
explotación y el abaratamiento de sus salarios ha hecho que se incremente la
pobreza femenina en las dos últimas décadas. Como siempre, su trabajo dentro
del hogar, sin horario de cierre, sin descanso semanal, sin vacaciones y, sobre
todo, sin salario, sigue considerándose como inactividad y no contabiliza en
los balances macroeconómicos. La mitad de la humanidad no existe para las
mentes más preclaras de la ciencia económica, que suelen ser varones y de
Chicago.
b.
Organismos regionales supranacionales: Unión Europea, TLC, ASEAN, etc.
A su vez, la globalización se
construye también a través de los bloques económicos regionales y subsistemas
globales. El mercado impone la progresiva integración de los Estados en bloques
económicos regionales como la Unión Europea, APEC en el área del Pacífico o
el Tratado de Libre Comercio en América del Norte. Los superbloques son los que
dictan las normas para el reparto mundial de la tarta en sus zonas de
influencia. Dentro de ellos promocionan un mercado interior que es
"libre" de boquilla, porque se oculta bajo una fuerte capa de
proteccionismo e intervencionismo disimulados. Los países de la periferia del
sistema, aunque han hecho intentos por establecer ciertos bloques comerciales
entre países próximos (tipo Mercosur en América del Sur, ASEAN en el sudeste
asiático o el Mercado Común Centroamericano), acaban plegándose a las
exigencias de los grandes bloques mediante los acuerdos comerciales de carácter
global. En todos estos acuerdos los grandes mantienen sus privilegios y son los
pequeños los que tienen que abrir y liberalizar sus economías dejando el campo
libre para las rapiñas de las multinacionales de los países del Centro.
La Unión Económica definida en
Maastricht y en la que ahondan los posteriores tratados, es el motor que impulsa
los procesos de globalización y concentración económica a nivel europeo. El
mito de la ciudadanía europea con una identidad política y cultural ficticias
se utilizó y se utiliza hoy con el único fin de justificar una unión económica
y monetaria. Ha quedado bien patente la quimera de una Europa social, pues se
trataba de hacer una Europa del dinero. La UE poco a poco uniformiza una Europa
neoliberal sin derechos sociales, con salarios y empleo a la baja, con
crecientes privatizaciones y recortes de los servicios públicos y una falta de
democracia cada día en aumento. Son, como siempre, las mujeres las más
afectadas por los recortes en el estado del bienestar, ya que tienen que
compatibilizar el paro o un trabajo precario fuera de casa, con un trabajo doméstico
obligado del que se desentienden tanto los varones como ahora el Estado. No es
de extrañar que en el reciente referéndum que ha tenido lugar en Dinamarca
sobre la incorporación o no de este país al euro, según las encuestas, hayan
sido las mujeres las que han votado en contra de la moneda única, porque esto
supone terminar con los servicios sociales como guarderías y colegios públicos,
y con la atención sanitaria y asistencia social a los enfermos y a los mayores.
Si estos servicios desaparecen serán ellas las que tengan que asumirlos, ya que
los hombres a pesar de la tan cacareada igualdad, todavía no asumen como
propias o compartidas estas funciones.
c.
El verdadero motor de la globalización: Las empresas transnacionales
Hace varios siglos, los artesanos,
los pequeños productores, los comerciantes y nacientes empresarios se oponían
al gobierno de las monarquías absolutas pidiendo libertad económica con el
grito de laissez-faire. Hoy, ese grito ha cobrado un cariz bien distinto, porque
son precisamente los detentadores del poder absoluto, las grandes
transnacionales, quienes reclaman esta misma consigna, mientras que el poder de
los gobiernos y de las sociedades se pliega a sus dictados. El capitalismo del
nuevo laissez-faire, el neoliberalismo, exige libertad absoluta para sus
actividades, no hay que poner ningún tipo de barrera social, de equidad de género,
laboral o medioambiental, ninguna regla o impedimento democrático, que ponga
freno a la "mano invisible" del mercado. En el proceso continuo de
concentración del capital, las transnacionales necesitan expandir sus
actividades no sólo a todos los lugares del planeta, sino a todos los ámbitos.
Unas 300 transnacionales controlan
la cuarta parte del producto bruto mundial. 200 de estas corporaciones tienen
ventas que superan las economías sumadas de 182 países o ingresos superiores a
los de las 4/5 partes de la humanidad. De las 100 economías mayores del mundo,
52 son empresas transnacionales. Antaño el comercio era cosa de Estados, hoy la
mayor parte del comercio mundial se realiza mediante contratos entre grandes
empresas. Son las transnacionales las que dominan los flujos de manufacturas
dirigidos en su gran mayoría a los países ricos. Además, crecen los
oligopolios y las alianzas entre uno o varios sectores económicos.
Las transnacionales que operan a
escala planetaria dominan cada vez más la economía y son los gobiernos los que
se ponen a su servicio. ¿Quién está decidiendo por toda la humanidad? Las políticas
sociales y las decisiones de inversión se deciden supranacionalmente y luego
las ponen en práctica los estados nacionales, e igualmente sucede con las
inversiones fiscales, los créditos y la distribución de impuestos y recursos.
Las transnacionales controlan el negocio de las armas, los sistemas monetarios y
bancarios, los servicios y telecomunicaciones, deciden qué tipo de energía se
implanta, qué patrón de agricultura, si se usan o no técnicas de ingeniería
genética, qué alimentos comemos, qué cosas producimos y cómo repartimos.
Para el capitalismo el único
objetivo es el beneficio, no le importan la vida y la salud de los trabajadores,
los impactos de sus actividades sobre el medio o las desigualdades de género.
El capitalismo no pretende satisfacer necesidades, sino crear demandas, que
exista un creciente mercado de consumidores y un aumento constante del nivel de
consumo. Se trata multiplicar las necesidades, sean éstas reales o
ficticiamente creadas por los medios de comunicación de masas. El capitalismo
además divide al mundo en dos mitades asimétricas: el "Primer Mundo"
viene inexorablemente acompañado de una estela de múltiples Periferias, y las
mujeres ocupan casi siempre la periferia de cada periferia. La economía de
mercado es radicalmente opuesta a una economía social, no se basa en una
producción eficiente y necesaria y en un consumo equitativo y equilibrado, sino
en la sobreproducción y el hiperconsumo sólo para unos cuantos, en la
proliferación de productos sin un verdadero uso social.
Las transnacionales localizan la
producción guiadas únicamente por la rentabilidad a corto plazo. No dan
cuentas a nadie de sus actuaciones, aunque millones de personas dependen de esas
decisiones arbitrarias. No importa que el lugar físico elegido sea el menos
indicado para llevar a cabo sus actividades o que el medio ambiente se vea
afectado, tampoco que las personas se vean perjudicadas laboralmente, que exista
discriminación en razón del género o que las sociedades sufran sus impactos.
Las transnacionales funcionan de forma antidemocrática pues los derechos
constitucionales, sociales, humanos, y los derechos de las mujeres se socavan en
el ámbito de la empresa, allí las libertades individuales y colectivas
desaparecen de hecho y de derecho. Las decisiones sobre las relaciones económicas,
políticas y sociales están cada vez más centradas en decisiones privadas, sin
ningún control social.
Si la Ilustración defendía los
derechos del individuo-ciudadano-propietario frente al poder político, hoy nos
vemos obligadas a defender los derechos individuales, ambientales y sociales,
los derechos de las mujeres y los derechos soberanos de las comunidades, frente
al globalitario poder económico de las transnacionales.
d.
El papel del Estado (del estado benefactor al estado neoliberal): los estados
sirven a la globalización y al capital transnacional
Nos hablan de que con la
globalización los Estados desaparecen. Pero los estados no desaparecen, sino
que cambian su papel y este papel es fundamental para llevar a cabo la
globalización. Los estados adoptan políticas monetarias y fiscales de
estabilidad macroeconómica, aportan la infraestructura básica para la
actividad económica global (autopistas, aeropuertos, puertos, redes de
comunicación, sistemas educativos, subvenciones y exenciones de impuestos a las
grandes empresas, etc.) y se convierten en los aparatos de control policial y
social para acallar las voces que se oponen a los dictados del capital y a los
recortes sociales.
Las mujeres han sido excluidas de
los principales pilares de los poderes públicos: la política y el derecho.
Apartadas del Estado desde sus inicios, no es extraño que éste se haya diseñado
a la medida de los varones. Aún incluso el estado del bienestar, ha tenido para
las mujeres una doble moral: opresora y protectora.
El Estado del bienestar, en la
mayor parte de los países, no fue realmente un Estado del bienestar, sino una
sociedad fundamentada en la familia, era la familia la que proporcionaba el
bienestar, más concretamente, las mujeres. Lo único que hacía y hace el
Estado social es retribuir, subvencionar o apoyar a las familias para que las
mujeres puedan criar a los hijos, atender a los mayores o cuidar a los enfermos.
Eran las mujeres las que seguían realizando esa labor con cierta ayuda del
Estado. En gran parte, las nuevas políticas que intentan conciliar la vida
familiar y laboral no pretenden sino que las mujeres que trabajan y que cada vez
más lo hacen en situaciones más precarias, sigan realizando las labores del
bienestar, ahora que el Estado se empieza a desentender de ellas privatizándolas
o reduciendo los gastos en protección social.
El Estado defendía y defiende un
determinado tipo de familia: pareja heterosexual basada en el varón mantenedor
que obtiene la renta, y la mujer criadora y cuidadora que se ocupa del servicio
doméstico. El Estado del bienestar estaba basado en este tipo de familia, el
varón obtenía las rentas a través de un empleo y cuando la mujer también
estaba empleada, su salario se consideraba auxiliar al del marido. Cuando los
gobiernos y los sindicatos hablaban de pleno empleo, se referían únicamente al
de los varones.
La separación entre el espacio público
y el espacio doméstico sigue hoy supeditada a los roles de género. Son las
mujeres las que han empezado a salir a la esfera pública, pero esto no se ha
traducido en un intercambio de tareas y los varones no se han integrado en la
vida doméstica. Los triunfalismos sobre el camino imparable emprendido hacia la
igualdad y la paridad, sobre todo con la incorporación de la mujer a la vida
laboral, se quedan muy cortos. Las mujeres ahora realizan una doble jornada.
Por otro lado, también se ha
puesto en cuestión la tradicional separación dual entre la esfera pública y
la esfera privada. Hablan no de dos, sino de tres espacios diferenciados: público,
privado y doméstico. El problema radica en cómo se entiende la esfera privada.
El varón se refugia en el espacio privado para descansar de sus obligaciones y
actividades públicas, pero la mujeres no descansan en el espacio privado, allí
continúa su tarea diaria dedicándose al cuidado y atención de los otros. Las
mujeres no parecen tener momentos de privacidad, su espacio privado no existe en
el domicilio familiar. Existe un muy diferente uso del tiempo propio para las
mujeres y para los hombres, ya que las mujeres por obligación y predisposición,
no dedican este tiempo a sí mismas, su tiempo privado suele pertenecer a otros.
Por eso se ha diferenciado entre espacio privado y espacio doméstico, las
mujeres tienen que recuperar su espacio privado ya que éste se confunde con el
espacio doméstico.
Cuando desde la izquierda se
defiende el Estado parece una incongruencia, sobre todo desde los ambientes más
acratosos, pero esta paradoja no lo es tanto, ya que se defiende únicamente lo
que de social y público tiene el Estado. Lo que ocurre es que se confunden las
3 acepciones más comunes de Estado: el Estado como agente social, como
estado-nación, o como sistema de poder o dominación. Las mujeres deberíamos
defender el estado como agente social opuesto al mercado, ya que la mayor parte
de mujeres son las que se ven más directamente afectadas por la desaparición
de los servicios públicos y por la disminución de la protección social, prácticas
potenciadas por el modelo de estado neoliberal.
3.
¿A quién beneficia la globalización?
Estamos inmersas en una sociedad
que ha logrado acumular una gran cantidad de recursos materiales, que posee un
alto grado de conocimiento y de capacidad técnica pero que, sin embargo, no es
capaz de resolver las necesidades sociales y humanas más básicas. Y la razón
estriba en que el sistema capitalista globalizado sólo persigue el lucro económico
para unos cuantos, y se desentiende del resto. Se trata de un sistema económicamente
injusto, socialmente depredador y ecológicamente inviable. La globalización
ahonda las desigualdades: sociales, económicas, de acceso a los recursos,
culturales y de género, y tiene graves repercusiones sobre el medio ambiente.
a.
Desigualdad social
El sistema global aumenta la
pobreza y las desigualdades y sus impactos sobre los medios de vida de la gente
y de las sociedades son nefastos. A escala mundial, la pobreza es la regla. De
los 6.000 millones de habitantes del planeta, 1500 millones de personas viven
con menos de un dólar diario.
Las doscientas personas más ricas
del mundo tienen más que mil cuatrocientos millones de personas. Y las dos
personas más ricas tienen hoy más que el conjunto de los países menos
desarrollados del planeta. Hoy los individuos son más ricos que los Estados.
Las desigualdades entre países crecen, pero las desigualdades también se
producen dentro de los países. En Estados Unidos hay 32 millones de personas
cuya esperanza de vida es de menos de 60 años, 44 millones sin cobertura médica,
45 millones viviendo por debajo del umbral de la pobreza y 52 millones de
iletrados. Una de cada 10 familias de Estados Unidos pasa hambre, esto es, 10
millones de habitantes del país más rico del mundo y en plena fase de
crecimiento económico, se enfrenta al problema del hambre. En la próspera Unión
Europea, hay 50 millones de pobres y 18 millones de desempleados.
No todo el mundo puede ser
ciudadano de la aldea global. Se estima que en el año 2001 los usuarios de
Internet llegarán a los 700 millones de personas, la mayoría claro está,
pertenecerán a las elites del primer mundo, porque en la era de Internet, los
teléfonos móviles y el fax, la mayor parte de la humanidad no tiene ni tendrá
acceso a un teléfono. Las redes necesarias en los países pobres no son las de
las superautopistas de la información, sino las de canalización del agua
potable y de aguas residuales, y las de la energía eléctrica. 2.000 millones
de personas en el mundo no tienen acceso a la electricidad. Además, aunque
existieran las nuevas infraestructuras técnicas para la red Internet, gran
parte de la población no podría acceder a ella, ya que se les ha negado la
educación y son analfabetos. Por otro lado, el inglés se ha asentado como la
lengua de este nuevo imperio tecnológico, y menos de 1 de cada 10 personas lo
habla en el mundo. Los avances tecnológicos no van parejos de los avances
sociales, al contrario, acentúan las desigualdades.
b.
Destrucción ambiental
El modelo de economía global
capitalista repercute de manera muy nociva sobre el medio ambiente. Por un lado,
la subordinación de las economías de los países "pobres" a la
actividad exportadora para generar divisas a la que se ven obligados para pagar
la deuda externa, ha acentuado la explotación de bosques, de recursos pesqueros
y el uso de cultivos agroquímicos. Por otro lado, el comercio internacional a
largas distancias, ha provocado un espectacular aumento del transporte mundial
tanto de materias primas como de manufacturas, así como un incremento del
consumo de energía y de la emisión de sustancias contaminantes. También, con
el fin de ser más competitivos en un mercado global, hay que bajar los estándares
ambientales y reducir los costos ambientales en los costos de producción.
Algunos países que tenían leyes muy restrictivas en cuanto a producción de
contaminantes, por ejemplo, tienen que rebajar estas legislaciones porque los
actuales acuerdos internacionales o regionales sobre comercio no permiten este
tipo de protecciones, alegan que poner controles ambientales va contra la
libertad de comercio.
La globalización y la libertad de
comercio socavan el entorno. Un mercado libre sin control ninguno que sólo
persigue el beneficio económico entra en contradicción flagrante con la
protección, la conservación y la sostenibilidad del medio ambiente, por más
que se empeñen en hablar de desarrollo sostenible. Por donde pasa este sistema
económico no vuelve a crecer la hierba. La crisis ambiental va asociada a la
expansión del capitalismo y a su afán del crecimiento continuo en la búsqueda
del beneficio. Cada régimen de acumulación tiene su propia forma de utilizar
el medio ambiente y de explotar los recursos naturales, y el régimen
capitalista ha sido el más depredador (las economías planificadas del
socialismo real también han dejado un lastre de contaminación industrial y
nuclear y tienen su parte de culpa en la crisis ecológica ya que se basaron en
el productivismo exacerbado, pero nunca fomentaron el consumismo frenético y
sin un fin social que sí promueve el capitalismo). La acumulación continua de
capital necesitaba y necesita expandirse en términos de producción total y en
términos de territorio total.
Los países de la Periferia se ven
obligados a sobreexplotar sus materias primas para la exportación para obtener
divisas como pago de los intereses de la deuda externa. La deforestación se
produce por el desmonte de tierras, por la creación de monocultivos para la
exportación a los países del Centro, por las explotaciones mineras y la
fabricación de carbón vegetal, por la tala indiscriminada de árboles, etc. Se
esquilman así los recursos madereros, los alimenticios, la pesca, los minerales
y la energía de los países que eufemísticamente se denominan
"pobres", cuando son los que más riquezas poseen y estas riquezas van
destinadas a los países "ricos".
Además, los impactos ambientales
de la producción industrial para la exportación, exigen un consumo intensivo
de energía que agota los recursos no renovables y tiene graves repercusiones
sobre el cambio climático, la contaminación del agua y aire y la generación
de productos químicos tóxicos y el vertido de residuos. Existe incluso un
comercio de desechos y de residuos tóxicos, la mayor parte de ellos van
destinados a los países del Sur.
Los problemas ecológicos y
ambientales son el resultado de disfunciones de carácter social y político,
están determinados por la forma de relación de los seres humanos, por los
patrones de consumo que siguen y por el tipo de organización que adopta la
sociedad para satisfacerlos, en suma, son el resultado del modelo económico
establecido. El empobrecimiento progresivo del patrimonio natural del planeta y
la limitada capacidad de recuperación de los ecosistemas, esto es, la crisis
ecológica y la crisis ambiental son el resultado del actual modelo globalizador,
un modelo de producción y de consumo injusto, depredador con los seres humanos
y la naturaleza.
c.
Agigantando la brecha entre géneros
A las desigualdades sociales se
acumulan las desigualdades de género y a la inversa. El género es un elemento
que forma parte de las relaciones sociales y humanas y también es una forma
primaria de relaciones de poder.
Cinco años después de la Cumbre
de Desarrollo Social de Copenhague y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la
Mujer de Beijing celebradas en 1995, las cosas no parecen haber cambiado mucho,
Según la ONU hoy hay más personas viviendo en la pobreza que hace 5 años,
incluso en países con fuerte crecimiento económico, la cantidad relativa de
pobres ha aumentado. Además, la pobreza tiene género femenino. Las mujeres
conforman el 70% de los 1.500 millones de personas que viven en la pobreza
absoluta, ellas son las que no tienen acceso a la tierra, al empleo remunerado,
a la educación, a los servicios de salud, acceso al crédito, etc. A pesar de
los esfuerzos hechos por algunos gobiernos locales o nacionales que se
comprometieron a mejorar la situación de sus países y que específicamente
acordaron asumir políticas y objetivos tendentes a la igualdad de género, las
gestiones locales chocan frontalmente con las decisiones macroeconómicas
adoptadas por los organismos internacionales (BM, FMI, OMC).
El ciudadano global sigue siendo
el mismo que el ciudadano ilustrado: varón blanco y con dinero porque, aunque
cambien las leyes, su traducción simultánea a la esfera cotidiana no es ni
mucho menos automática. La discriminación no se produce de forma tajante y
unilateral por parte de una institución, una empresa o un grupo social, sino
que atraviesa distintas etapas y grados y se produce tanto a nivel individual
como a nivel social, político e institucional. Se ponen barreras desde los más
bajos escalones: la escuela, el trabajo, el hogar... hasta los más altos: el
llamado techo de cristal.
La globalización ha conducido a
una desregulación del mercado laboral que ha producido una brecha entre mano de
obra base, formal, estable y calificada (generalmente masculina) y una mano de
obra informal y periférica, con trabajos precarios, ocasionales, temporales, a
domicilio, a tiempo parcial, sin protección y con menor salario (generalmente
mano de obra femenina y/o mano de obra infantil). El desempleo no sólo afecta más
a las mujeres, sino que también está, en parte, relacionado con el aumento de
la violencia doméstica. El peso de la pobreza sobre mujeres y niñas hace que
éstas sean las víctimas de la violencia de sus compañeros masculinos, o que
éstas tengan que dedicarse a la prostitución, o se vean sometidas al tráfico,
la violencia o el abuso de sus derechos humanos. Incluso que se ocupen de
trabajos en régimen de explotación o en ocupaciones peligrosas para la salud (Rigoberta
Menchú ha denunciado que en Guatemala las mujeres amamantan a sus hijos con
leche contaminada por los pesticidas agrícolas) y todo esto, sin abandonar el
trabajo no remunerado de ser el soporte material y afectivo de su propia casa y
su familia. La entrada de las mujeres al mercado aunque parecía que iba a
liberarlas de la servidumbre doméstica, por el contrario, ha acentuado la
situación de desigualdad.
La tradicional separación de
roles ha hecho que se extendiera la conciencia de que las mujeres se han ocupado
únicamente de la esfera reproductiva. Sin embargo, fue la revolución
industrial la que incidió en la separación entre la esfera de la producción
doméstica y la esfera mercantil. Fue entonces cuando el trabajo se empezó a
relacionar con la producción y, a partir de ese momento únicamente se
considerará trabajo aquél que establece una relación monetaria de por medio,
por tanto, el trabajo de las mujeres comienza a considerarse como inactividad.
Sin embargo, hasta principios del siglo XX, la vivienda familiar era el lugar de
producción: alimentos, huerta, ganado, pan, vestido, etc. y las mujeres
contribuían a la producción tanto o más que los varones. Es en este siglo
cuando el hogar se convierte en un lugar de consumo. Al pasar de productores a
consumidores, se hace necesario el acceso al dinero y las mujeres no lo tenían,
sino que dependían económicamente del varón.
Otra prueba de que las mujeres han
contribuido notablemente a la producción es que, dejando al margen las
actividades ligadas al transporte y distribución de mercancías, el enorme
crecimiento del sector servicios en las últimas décadas se ha debido en parte
a la incorporación de las mujeres al empleo, ya que las labores y actividades
que precisamente éstas desempeñaban en casa, son las que se ha ido integrando
poco a poco en el mercado: cuidado de los niños y de los mayores, atención a
los enfermos y discapacitados, preparar la comida, confeccionar, lavar y
arreglar la ropa...
El mercado echa mano de las
mujeres en situaciones de crisis económicas y crisis bélicas y hoy se dirige a
las mujeres no para resolver sus necesidades y deseos, sino porque las mujeres
constituyen un mercado que representa más del 50% de la población total, por
lo que considera que éstas no pueden permanecer al margen del consumo y fuera
de las pautas del sistema y más, cuando son ellas las que se encargan de
abastecer y administrar la unidad familiar y de realizar las tareas de las que
se desocupan tanto el Estado como la sociedad en su conjunto. No sólo el
mercado no resuelve las situaciones de desigualdad, sino que las potencia.
Excluye y discrimina a las mujeres pagándolas un menor salario o apropiándose
de su trabajo no pagado que es el que da vida, educa, nutre y cuida a los
futuros y presentes "productores" y "consumidores". Sin la
mujer cumpliendo "su" papel en la esfera doméstica, los varones no
podrían entrar en el ámbito público ni serían posibles la producción y el
mercado capitalistas.
4.
Desmontando algunos mitos:
La representación de la realidad
se ha forjado históricamente bajo la mirada masculina. Que los hombres pudieran
dedicarse a tiempo completo y a pleno rendimiento a la esfera pública, ha hecho
que la visión masculina se presente como la única existente y su forma de ver
y de explicar el mundo se ha considerado como la verdad objetiva y universal.
Sin embargo, existen distintos puntos de vista y realidades contradictorias,
como lo han demostrado no sólo otras culturas no occidentales que se han
opuesto al etnocentrismo imperante, sino también esa inmensa minoría
silenciada que constituye la mitad de la humanidad: las mujeres.
El sistema transmite ideas y
valores a través de las representaciones difundidas por los medios de
comunicación de masas y nos presenta la ideología imperante como algo neutro y
objetivo, como la realidad. Por el contrario, el lenguaje del que se sirve una
ideología es mensaje, no herramienta de comunicación. A través del lenguaje
asumimos una determinada "realidad", no la realidad, sino "su
realidad". Es necesario, pues, desentrañar los mitos que la supuesta
objetividad de las representaciones del llamado "pensamiento único"
-aliñado con buenas dosis de pensamiento androcéntrico- nos impone, porque si
no podemos identificar la realidad, tampoco podemos actuar sobre ella.
El universo mitológico en el que
se basa la globalización es muy complejo, pero intentemos desentrañar algunos
de los principales mitos sobre los que se sustenta la ideología neoliberal. Decía
Pessoa que no hay prosa, ni la más rígidamente científica, que no rezume algún
jugo emotivo. Veamos cuál es su jugo "emotivo".
a.
La globalización es un evento completamente nuevo
Nos hablan de la globalización
como de una nueva era, una gran transformación que viene a sustituir a todo lo
anterior. Sin embargo, los procesos de mundialización han ido parejos a toda la
historia del desarrollo capitalista y las nuevas relaciones de producción y
consumo no han abolido las antiguas. Los recursos y el trabajo humano siguen
utilizándose como mercancías, aunque ahora se intensifica su explotación.
b.
la globalización como proceso natural e irreversible
Si el mundo está gobernado por
las leyes del mercado es porque se va imponiendo por la fuerza de los hechos en
un proceso de evolución natural. Eso ha llevado al fin de la Historia puesto
que, según ellos, nos ha conducido al mejor de los mundos posibles y al único
modelo factible. Esto nosotras no nos lo creemos porque la globalización, ese
"paraíso" a alcanzar, es un infierno para la mayoría, pero sí hemos
llegado a pensar que este es el único mundo posible, que la globalización es
un proceso imparable e irreversible. Todos sus mitos, disfrazados de objetividad
y racionalidad, son los que nos impiden actuar, los que nos hacen creer que sólo
es posible la respuesta del pragmatismo, la aceptación y la adaptación.
Pero la globalización no es un
proceso natural ni incuestionable, los pueblos, los Estados y las personas no sólo
tienen como único camino seguir la lógica del mercado. La organización social
se fundamenta en las relaciones entre las personas, son ellas quienes establecen
qué tipo de sociedad hay que construir y cómo se construye. No existen leyes
mecánicas ni naturales, este modelo lo diseñan determinadas políticas e
instituciones concretas, fijando unas reglas a la medida de unos objetivos
determinados.
La Historia se ha basado en la
confrontación de ideologías, posiciones políticas y luchas entre hombres.
Como dice Mary Evans, en lo único que parecen estar de acuerdo los hombres es
en su resistencia a la presencia de mujeres en el espacio público. Y, aunque el
capitalismo haya sido el único sistema que ha quedado en pie tras el derrumbe
de los países del Este, no quiere decir que este sea el único modelo que pueda
existir. Son posibles cambios no globalizadores y, hasta las propias crisis del
capitalismo, pueden dar un giro de 360º en el sistema económico y social.
c.
Con la globalización las clases sociales desaparecen
Ya hemos dicho aquí que la
globalización aumenta la pobreza y las desigualdades. De los 6.000 millones de
personas en el mundo, un tercio vive bajo el umbral de pobreza. El 20% más rico
posee el 86% de la renta y el 20% más pobre, el 1,6%. Se profundizan las
diferencias entre países y entre personas. Tan sólo el 30% de la población
mundial está en el mercado de forma completa, el 70% no están en él o lo están
de forma muy parcial. Esta es la sociedad del mercado, una sociedad excluyente
que trata a las personas como si fueran mercancías excedentarias y una sociedad
que genera inmensas desigualdades. Las clases sociales no han desaparecido, sino
que se han intensificado las diferencias sociales, pudiéndose resumir las
clases en 3 grandes grupos: los incluidos, los precarios y los excluidos del
sistema.
d.
No hay alternativas a la globalización
Nos dicen que la globalización,
por su propia naturaleza, es un proceso imparable e imposible de cambiar y
regular. No es cierto, se puede regular y prueba de ello es que cada día se
fijan nuevas reglas y tratados internacionales que dirigen la "mano
invisible". En los últimos años se han firmado numerosos acuerdos
comerciales muy complejos pero en un sentido político y económicamente
contrario al que debería haber tenido. Se pueden y se deben regular las políticas
sociales, ambientales y laborales. Se pueden realizar acuerdos que representen
compromisos de equidad de género, igualdad laboral, prestaciones y derechos
sociales, intercambios comerciales justos, controles a la especulación y
responsabilidades ambientales. Lo que no existe es voluntad política de
hacerlo, voluntad democrática, pero se pueden tomar acuerdos en todos los
niveles: locales, regionales y globales y en todos los ámbitos. Se pueden y se
deben tomar.
La imaginación es hoy más necesaria que nunca. Es preciso crear una
nueva forma de entender el mundo, recrearlo, y comprender que las leyes del
mercado no son inexorables, sino un tipo de relación social y humana que
queremos, debemos y podemos cambiar.
5. La
mercantilización de la naturaleza, de la sociedad y de los individuos ¿Cómo
afecta la globalización a nuestra vida cotidiana?
Lo que no tiene precio no vale y
lo que no vale no alcanza a ser un dato económico socialmente reconocido y políticamente
significativo, se intenta entonces dar valor a los recursos naturales (se
capitaliza la naturaleza) o al trabajo de las mujeres dentro del hogar (se
capitaliza el trabajo doméstico), cuestiones que hasta ahora no se han
considerado integrantes de la actividad económica y que no se incluyen en los
balances macroeconómicos.
Los intentos de la economía ecológica
y de la economía feminista por hacer visible a la sociedad y a los poderes económicos
el verdadero valor de la naturaleza y del trabajo de las mujeres (precisamente
dos de los elementos básicos e imprescindibles para la vida y que no son
tenidos en cuenta), han conducido a la medición de esas actividades en términos
económicos. Esta actitud muy loable, ya que se pretende hace visible lo que
antes estaba tapado, sin embargo, puede reforzar la mentalidad que se pretende
rechazar. Los seres humanos, el trabajo y la naturaleza no pueden ser tratados
como mercancías. Las relaciones humanas y la ecología son dimensiones de la
vida y de lo humano que no pueden ser tratadas como otra mercancía cualquiera,
precisamente por su valor vital, no son sustituibles por ningún otro valor. Y
además, existe una dimensión ética, no pueden ser reguladas por un sistema
arbitrario que, intrínsecamente, produce desigualdad. La distribución del
trabajo y la preservación y distribución de los recursos de la naturaleza
deben hacerse al margen del mercado. Ya dijo el poeta que todo necio confunde
valor y precio, así que no caigamos en la misma estupidez.
Las actividades humanas no deberían
ser tratadas como mercancías (el amor, el sexo, el compañerismo, la amistad,
el arte, el ocio, la cultura...), como tampoco debiera serlo el trabajo. El
trabajo dejado al arbitrio del mercado condujo a la explotación y a la
esclavitud, hoy quieren flexibilizar las condiciones y abandonar cualquier pacto
social sobre el empleo, para devolver a los trabajadores a las inhumanas
condiciones del siglo XIX. Cada vez más y más formas de relación entre las
personas se incluyen en un sistema de intercambio basado en la mercantilización
y la monetarización (sexo, cultura, arte, conocimiento, madres de alquiler,
etc.). Es preciso remarcar que no todo tiene un valor monetario, que no todo se
puede cuantificar y que la mayoría de las necesidades y aspiraciones humanas no
son reducibles a simples guarismos. Además, es sarcástico que el mercado
pretenda resolver los problemas que el propio mercado ha creado.
Monetarizar todos los recursos
naturales y sociales, además de ser una tarea ridícula e impracticable y una
idealización absurda, (¿cuánto vale amamantar y querer a una hija? ¿qué
precio ponerle a la capa de ozono?), contribuye a potenciar la noción de que
todas las actividades humanas deben estar guiadas por el afán de lucro y que la
sociedad es un mercado donde todo se compra y se vende. No todas las actividades
están o deben estar orientadas hacia el lucro económico y, no nos engañemos,
el objetivo último del mercado no es la satisfacción de necesidades, sino la
acumulación de dinero. El mercado no puede resolver esas necesidades y
aspiraciones, éstas se tienen que resolver en otro sitio, en el terreno de la
política, y por medio de la participación social y humana. El abanico de
necesidades y objetivos es tan amplio que ni la racionalidad económica ni la
racionalidad ecológica pueden determinar todas las variables humanas y ecológicas
para evaluarlas en términos económicos.
Nuestras aspiraciones ecologistas
o feministas no se van a solucionar por capitalizar la naturaleza o capitalizar
el trabajo doméstico, incluyéndolos dentro del sistema económico existente.
Determinar las externalidades sociales, ambientales y de género, y reducirlas a
valores de cambio para introducirlas en la acción política es además, un modo
excesivamente tecnocrático de tratar los problemas. Contribuimos con ello a
hurtar el debate público, desplazamos al campo de la teoría o la gestión económica
lo que debiera estar en el terreno de la política, la sociedad y la democracia.
Además, aplicar la lógica del mercado a la familia y a las relaciones humanas
es inviable, tiene que existir una reciprocidad, unos sentimientos y unos vínculos
afectivos entre las personas que el dinero no es capaz de establecer. No es
posible explicar las relaciones sociales desde el análisis coste-beneficio.
Administrar la casa era cosa de
mujeres, pero administrar, controlar y mercantilizar el espacio público ha sido
cosa de hombres. Sin embargo, la separación de la esfera del trabajo ha
conducido a los hombres a la no responsabilidad social en el espacio doméstico:
cómo se organiza socialmente el trabajo, la producción y la no producción
dentro de casa. Pero también esta separación ha conducido a la
irresponsabilidad social fuera de la casa, en el espacio público: lo importante
es la producción y el beneficio económico y no qué se produce, qué
necesidades existen y cómo se atienden, quiénes y de qué forma las llevan a
cabo. Para mejorar el trabajo en el ámbito público la sociedad debiera
aprender de las mujeres, puesto que en el ámbito doméstico y en la mayor parte
de sus tareas productivas han ejercido estas funciones con verdadera eficacia,
alejándose de la lógica productivista al uso y dándole al trabajo y a las
relaciones sociales una verdadera dimensión social y humana.
Las mujeres, tradicionalmente, se
han ocupado de la educación y del cuidado de los hijos, de la asistencia a los
mayores y a los enfermos y de la producción comunitaria de bienestar, en suma,
de lo social, de la política entendida como servicio a los demás, y no como
poder sobre los demás. Sin embargo, la globalización promueve otros valores.
La competencia y el beneficio económico como valores supremos, destruyen los
sentimientos comunitarios y el control democrático sobre las economías y sobre
la propia vida de las personas. Decía Harriet Taylor que "mientras la
competencia sea la ley general de la vida humana es una tiranía excluir a una
mitad de los competidores", sin embargo, la tiranía real es que la
competencia sea la ley de la vida humana tanto para las mujeres, como para los
hombres.
Hoy hay 5 millones de amas de casa
en España y el mercado se apropia de la producción y reproducción de la vida
humana, tarea que llevan a cabo éstas y otras muchas mujeres. Una posibilidad
que paliaría su ausencia de renta o su dependencia económica de la pareja, sería
establecer una renta básica como derecho ciudadano universal y sin
contrapartidas, que también incluiría a estas mujeres. Esto paliaría en
parte, sólo en parte, ésta y otras muchas situaciones de precariedad y de
exclusión, ya que la solución real pasa por la coparticipación en las tareas
y en la corresponsabilidad por parte de mujeres y hombres, en la socialización
de las labores de cuidado, y no por el simple reparto de rentas y tareas o en la
mercantilización de éstas.
La globalización capitalista nos
conduce a un mundo irracional. Si todos los aspectos de la vida humana se
supeditan a los requerimientos de la acumulación capitalista, si se sigue con
los mismos criterios de sobreexplotación de la naturaleza y de los seres
humanos, especialmente de las mujeres, y se sigue sin atender las verdaderas
necesidades de la gente, cualquier política tendente a evitar la desigualdad de
género estará condenada al fracaso.
La competitividad es una forma de
violencia que cada vez más transciende el ámbito del discurso y se asienta en
la realidad cotidiana como un elemento firme y constitutivo de la sociedad
globalizada. ¿Es sólo la codicia la que debe mover el carro de la Historia y
es el dinero el único valor que guía a las personas como seres sociales o
individuos? Nos dicen que vivimos en el único y en el mejor de los mundos
posibles, pero la mayor parte de la humanidad sabe y experimenta que esto no es
cierto. Si queremos construir una sociedad humana y no una selva social, hay que
cambiar radicalmente la competitividad por la cooperación y establecer unas
relaciones económicas, sociales y humanas basadas en el respeto a los otros
seres humanos, en la equidad de géneros y en la consideración de la base biológica
que nos sustenta. Madrid, Diciembre de 2000
BIBLIOGRAFÍA:
BORDERÍAS, CRISTINA: Repensar el
trabajo de las mujeres. http://www.nodo50.0rg/mujeresred/
CORTINA, ADELA: La Extinción de
la mujer cuidadora. El País, 23-11-99
EVANS, MARY: Introducción al
pensamiento feminista contemporáneo. Minerva Ediciones, Madrid, 1997
MURILLO, SOLEDAD: El mito de la
vida privada. Siglo XXI de España Editores, Madrid, 1996
RIFKIN, JEREMY: La era del acceso.
Paidós, Barcelona, 2000
SEVERO, JESSICA: La mujer en el mundo del trabajo: ¿Y el compromiso?
http://www.socwatch.org.uy/1999/esp/tematicos/commitme.htm